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Los ritos de iniciación existen desde que el hombre se agrupó en comunidad. Aunque ya no siempre tienen carácter público, la necesidad de probarse, de determinar el valor propio, es algo que subyace en el varón joven, tal como en otras épocas lo suponía la caza o la guerra. Este sabroso relato, de gran eficacia visual, nos permite asomarnos a ese proceso en el protagonista, cuando decide acompañar a un  amigo a salir en busca de “Marrón”. El final, con su toque de humor, pone en evidencia su propia inocencia respecto al mundo al que pretende enfrentarse para medir su valentía. Su autor, Luis Felipe Hernández, periodista y músico de Valencia. Héctor  Torres.

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— ¿Qué lo que, Cintillo? ¿Vamos a rescatar la pucha?

Pasan quince minutos. John María, quién escribe ese mensaje de texto a un viejo compañero de la escuela, está tembloroso porque nunca ha pisado el barrio Santa Eduvigis, al sur de Valencia.

—  Rey, ya me llego a tu casa. Vamos pa’ donde Marrón.

Julián es el verdadero nombre de “Cintillo”, pero un día decidió que lo llamaran así cuando empezó a sostener sus rulos con una liga que tiene el intento de ser cintillo. Huele a gelatina Rolda y evita que aquel cabello grite la rebeldía de las greñas.

Fue en cuarto año de bachillerato cuando John María y Cintillo, quien en ese entonces era Julián, probaron por primera vez la marihuana. La mamá de una compañera de clases se encontraba trabajando en el Hospital Central y su esposo, estaba en Ciudad Bolívar con su otra familia. “Bonche en la casa muchachos, lleven alcohol, yo pongo la casa”, dijo Yureinnys al leer el mensaje de su ingenua madre.

John María ve la respuesta de Cintillo. Apaga el Blackberry y lo deja sobre el equipo de sonido que da vida en la estrecha sala de su casa. Es de marca Sony y en rojas tardes acaricia los oídos de alguna amiga con una canción de Diomedes Díaz, “por un beso de amor te di en la vida la nobleza que yo creía perdida”.

Al escuchar eso,  la morena alta con coletas moradas se sonroja.

Se abre el portón con una tímida fuerza. Chocan dos manos. Un saludo común y corriente, de esos que forman parte de una rutina entre casi extraños. En la rumba de la casa de Yureinnys compartieron alcohol, marihuana, y húmedos besos con algunas amigas del salón. Pero como si nada hubiese pasado, se vieron esta vez para ser conejos.

— Marico, ¿Tú conoces a ese chamo?-. Pregunta John María

— Claro, gafo. Bueno, le he comprado tres veces, gafo. Ese me lo pichó un conejo de por la casa—, responde Cintillo.

Empiezan a caminar hacia Santa Eduvigis. Cintillo luce como todo un experimentado. Esos trances ya son parte de su rutina. En la orilla de la oreja reposa un cigarro de marca Ibiza y su teléfono vocifera en máximo volumen una canción de Tito el Bambino. Ninguno habla, no tienen tema de conversación; solo piensan en verse con Marrón.

Entran al barrio. A medida que caminan John María se da cuenta que hay diferencias entre Santa Eduvigis con Lomas de Funval —su hogar—. Largos postes sostienen una que otra campaña política de Nicolás Maduro o de Henrique Capriles. Sin embargo son pocos los que tienen bombillo. Al lado un niño eleva una “zamura” hecha de bolsas negras, sobre un techo de zinc. La avidez por hacer flotar aquel papagayo rudimentario en el cielo contagia de entusiasmo a otros más pequeños que él. Pareciera que el sol no quemase sus pieles.

Las casas en su mayoría tienen terrenos enormes. Hacen creer a John María estar en el campo. Para verificar si está en lo correcto presta su mirada para ver un chivo amarrado a un árbol de mamón. Sin embargo frente a esas casas, hay una avenida que es tocada por las ruedas de carros, autobuses y bicicletas.

Más allá se encuentran cinco hombres. Unos en camiseta negra y otros con franelas acompañadas de gorras de Navegantes del Magallanes, otras de los Red Sox de Boston; John María siente nervios, en su mente virgen viaja la idea de que será atracado, pero al ver que juegan alegremente bolas criollas en un campo improvisado, siente una especie de alivio. Sobre ellos hay zapatos guindados en el cableado eléctrico, algunos están rotos y se mueven ligeramente en círculos por la escasa brisa que pasa por Santa Eduvigis.

Cintillo toma su celular y apaga la canción de Tito el Bambino para llamar a Marrón. Una voz gruesa le responde en tono agresivo, pero es normal en él, lo hace para intimidar a los conejos. Le dice que lo espere “donde siempre”. Ese “donde siempre”, es una esquina rodeada de aguas negras. Algunos caminantes saltan de piedra en piedra para no ensuciarse. De todas formas hay la posibilidad de ser salpicados. Un niño que va a la bodega camina sobre ellas como Cristo. Ya está entrenado.

En esa cuadra no hay casas parecidas a las del campo. La gran mayoría tiene sus bloques al descubierto, pareciera que nunca hubiesen pintado esas paredes. Las puertas están hechas de madera y chatarra oxidada. La plaga flota por todo el lugar. Algunos vecinos tosen fuertemente, otros están arropados de llagas, John María cree que es por los zancudos.

Cintillo y John María esperan en esa esquina. Al rato aparece un muchacho de su misma edad, alto y con una camiseta amarilla de marca Ovejita. Saluda a Cintillo chocando su mano y luego cierra su puño contra el de él. Le pregunta quién es el que lo acompaña. Le dice que es un conejo, John María lo mira sin entender pero para no parecer menos hombre,  se reserva la pregunta… ¿qué es un conejo?

Marrón le dice a Cintillo que no lleve más conejos, “no me gusta ese boleteo”. Levanta su camiseta de Ovejita y muestra una pistola a Jhon María, “cuidado con una vaina, no te conozco pero tienes cara de sapo”. Cintillo saca de su bolsillo 100 Bs. “Tranquilo, vieja,, yo a ti no te voy a joder. Este chamo es sano y solo fuma”. Con eso tranza una bolsa de marihuana. Marrón se va sin despedirse, sin chocar su mano y menos el puño, John María no tiene idea de lo que ellos hablaron.

Sin pudor alguno, Cintillo, como un roedor hambriento, abre la pequeña bolsa. Es negra y está amarrada por un hilo azul marino. La huele y le da la mitad a John María. Saca una bolsa de pan y hace un cigarro. En plena avenida lo prende y lo parte en dos con su antiguo compañero de clases.

—Rey, en la casa me pagas la mitad.

Al rato de haberla fumado, John María, cuyos ojos están tan rojos como su franela, prefiere demostrar su poca hombría y decide preguntar: “Chamo, a la final… ¿qué es un conejo?”.

Originally posted 2015-05-25 09:38:10.

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