Los pequeños detalles

Los pequeños detalles

Era un país a cuyos habitantes les hicieron creer que eran ricos. Que, en cada gesto y con cada ejemplo, le decían que lo que es de todos no es de nadie, por tanto se podía disponer de ello con avaricia e indolencia. Que es mejor comprar que hacer. Que inaugurar tiene de excitante lo que tiene de aburrido mantener. Un país que nunca fue afecto al ahorro y sí, en cambio, al derroche. Un país que desdeñó el pequeño trabajo de todos los días para embelesarse con la épica, con lo grandilocuente. Un país que dijo a sus hijos, en todo momento, que estaban hechos para grandes cosas, pero nunca las comenzaba. Un país que siempre quería más de eso que le hacía daño. Era cuestión de tiempo para que llegaran los “más”. Los más inescrupulosos, los más populistas, los más mentirosos, los más cínicos, los más insaciables. Los más malos. Y ahora llegó la factura. Y, justo o no, nos guste o no, tocó pagar.
¿Por qué los estudiantes universitarios, durante el período de la democracia, no protestaban contra la recluta? Muy probablemente porque no iban a la recluta. La recluta fue una flagrante violación de los derechos humanos. De los derechos humanos de los más pobres. Era, a todo efecto, un secuestro por parte del Estado. Y sin guerra que lo justificase. Pero ese grave problema lo fue solo para los que debían soportarlo. La juventud del país se dividió, entonces, entre los que iban a la universidad y los que iban a la recluta. Los que tuvieron oportunidades y los que tuvieron orden cerrado. Siempre habrá quien diga que los pobres también iban a la universidad. Pero la verdad es que ese no es el punto. El que no iba a la universidad no tenía por qué ser secuestrado por el Estado para ser cachifo de ningún general. Curiosamente, estos formarían parte de una logia que luego se activaría bajo la figura del caudillo militar. Es decir, cual síndrome de Estocolmo, se hicieron adeptos de sus captores, quienes los formaron ideológicamente.

Ellos votaron por el que conocían.

Y así, como ese pequeño pero significativo detalle, todo aquello que hacía una nación civilizada, eran cosas de las que aquí, tristemente, carecíamos. Los detalles modestos van haciendo la diferencia. Van construyendo percepciones. El abuso policial, los intocables jurídicos, la seguridad privatizada, el transporte público privatizado, los estúpidos privilegios, el chapeo, el maltrato a los pobres, la negligente burocracia, la recluta, fueron horadando un pacto social que, en estos últimos lustros, se resquebrajado a niveles escandalosos. El chavismo, por tanto, no es el principio de nada, sino el estado terminal de una época que comenzó a enfermar poco a poco, pero irreversiblemente.
Cada vez que escucho a alguien, que nunca ha tenido control de la chequera del Estado, decir que “no se puede perder la revolución”, no puedo sino sentir tristeza por la facilidad con la que la gente se engaña. ¿Qué revolución no se puede perder? ¿De qué revolución habla? Venezuela tuvo, desde 1830 hasta 1903, treinta y nueve revoluciones. Y todas trajeron miseria para el pueblo y un botín gordo a sus protagonistas. A la “revolución” (a todas las revoluciones) la arruinó quienes se enriquecieron a costa de vender la idea, precisamente, de la “revolución”. Y la arruinaron gente que fue puesta allí por quién lideró la mentada revolución. Y por el que dirigió la revolución. Siendo así, si los que la anunciaron nunca tuvieron en mente hacer una revolución, ¿qué lloran los deudos? Su ilusión. Lo que realmente perdieron fue eso, la ilusión de que estaban haciendo una revolución que nunca existió. Además de un saqueo a la nación, la revolución fue una estafa sentimental para sus seguidores.

El asunto ni siquiera es novedoso.
Un hombre joven, con rostro fatigado por el trajín y la angustia, comenta en una cola: “Ya no provoca vivir”. El proceso de llevar a la población a ese estado de anomia ha sido sistemático y persistente. La percepción que sostiene esa ausencia de ganas de luchar, de ya no querer nada, de no tener deseos ni esperanzas, es que quien no muere de mengua muere de bala. Es decir: que la vida no vale nada. Es la percepción que el grupo en el poder alimenta deliberadamente. ¿Cómo es que hay tanta desidia en implantar políticas serias de seguridad, viniendo de gente que lo único que ha hecho toda su vida es andar armada? ¿Por qué se arremete tan ferozmente contra las protestas? ¿Por qué no renunciar a los insanos dogmas económicos que tienen al país paralizado? Ese gemido, del que se ve en el medio de dos paredes de hormigón, es el resultado esperado.

La lucha, por tanto, no es solo contra el poder. Es decir, la lucha contra ese poder es también la lucha contra el estado de ánimo que el poder pretende instaurar en el colectivo. Es una lucha a favor de la belleza y la esperanza. De insuflarnos el deseo de construir un futuro, desde la posición en que ello nos resulte posible. Decir, con cada gesto, que este país seguirá después de ellos. Y con nosotros adentro.
Más temprano que tarde, esto pasará. Y cada quien sabrá qué aprendizaje le dejó. Nadie se queja de la fortuna que le tocó, pero sí, en cambio, de las adversidades que debe enfrentar. Hay muchas maneras de creer y hacer otro país. Pequeñas, modestas, casi invisibles, como esos pequeños gestos que nos fueron destruyendo. Gestos que están al alcance de cada uno de nosotros. Este país está lleno de gente más valiosa que los hampones que son los nombres con los que se conoce a Venezuela fuera de nuestro país. Gente que está haciendo un país distinto.

Si toda esta pesadilla no deja del otro lado una sociedad más solidaria, más activa, más consciente de que el problema de unos, tarde o temprano será problema de todos, una sociedad más madura y más reflexiva, que no se crea rica más nunca y ahorre y sea prudente, ahí sí que toda esa tragedia habrá sido absolutamente en vano.

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Con esta entrega cierro un estimulante ciclo que duró cerca de dos años. Dos años haciendo entregas semanales de mis textos y un poco menos que eso seleccionando material para esa excelente idea que fue “Vidas Cruzadas”. Fue una ventana para conversar y contrastar mis visiones con amables lectores que siempre nutrieron mis posiciones con otros aspectos de los temas señalados. Una necesidad de descanso y unos proyectos que exigen toda la energía, comenzó a impedirme cumplir con la entrega semanal. En este texto de cierre de ese período, quiero agradecer a los panas Rodolfo Rico e Isabel Guerrero el espacio ofrecido, la amabilidad y los cafés que, una vez al mes, departíamos y que hacían más grato el trabajo. Y agradecer también, por supuesto, a todos los lectores que le daban sentido a esas entregas.

Nos encontraremos en algún otro espacio. A la gente de El Cambur, mis mejores deseos para que ese espacio siga siendo promotor de un país posible.

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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