Ese numerito del marido ofendido

Ese numerito del marido ofendido

La vida pública se puede entender haciendo analogías con la vida cotidiana. El momento que vive en Venezuela, particularmente desde el 2012 para acá, se puede expresar mediante ese conflicto familiar que viven los hijos de un padre autoritario y controlador, quien enferma y muere a pesar de haberles hecho creer que sería eterno. Una vez que aquel desaparece, todos los hijos entran en pánico, pero todos lo ocultan, y comienzan a pretender imitarlo sometiendo a los hermanos con el fin de hacerse del control del patrimonio heredado.

Por eso, desde que el clan quedó acéfalo, pasaron a ser, en adelante, un archipiélago de pequeños grupos unidos entre sí apenas por el interés común de cuidar el poder. Por eso, aquello que parece una unidad férrea bajo el manto de la memoria paterna, no es más que instinto. Cada uno está muy claro que, para mantener su cuota, debe preservar el todo.

Por eso el fuego permanente, desde todos los flancos, contra todo lo que se mueva. Un día llegan unos gamberros a repartir tortazos en una protesta pacífica. Al día siguiente un vocero dispara contra las gestiones del revocatorio, intentando desmoralizar a una población que volvió a dar una demostración de fuerza multiplicando por diez las firmas exigidas. Otro día el TSJ sabotea a la AN, para dejar claro quién manda. Una noche la encargada del poder electoral se ofende por que el tag #RevocatorioYa se ubicó en los Trending Topics de twitter. O un diputado, desde la televisora del Estado, asoma que revisarán las firmas con el espíritu de la Lista Tascón. Otro día, la guardia disuelve brutalmente una protesta por los cortes de luz en alguna ciudad del país, o arremeten contra los periodistas que cubren un hecho noticioso. O mantienen un sitio a la asamblea, amenazando con arrasar con ella. Y así están, librando guerras contra la población, sin concierto ni planificación, luchando contra un enemigo que está, a la vez, en todas partes y en ninguna.

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Saben que el fin de su ciclo se acerca. Que es insostenible el modelo sobre el cual se mantienen allí. Que el tiempo que temían ha llegado. Pero (volvamos a ensayar una analogía con un hecho de la vida cotidiana) están como el muchacho que comenzó a pasarle el dedo a la torta que la mamá había dejado en la nevera, con la precisa instrucción de que no la tocaran, y se engolosinó pasando el dedo cada tanto, hasta que cayó en cuenta con horror que se la comió toda. Ya llegaron a un punto en que necesitan, para irse, llevarse al país consigo. Botar el molde de la torta. Acabar con los registros. Retrasar la llegada de la mamá. Repartir y estirar el miedo para disuadir a sus víctimas de que exijan justicia. Pelear con el hermanito menor para crear un problema más importante que una “piche torta”. Fantasear con un accidente materno en la calle…

Pero está escrito que quien intenta retrasar un desenlace sólo lo acelera.

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Algunos, que parecen saber de lo que están hablando, se burlan de los que dicen que el grupo en el poder tiene miedo. Son los que, donde algunos ven errores, torpezas y actuaciones precipitadas, ellos ven la maldad calculada y desmedida del que sabe que no pagará por sus acciones. Yo no estoy demasiado seguro de esa lectura. Sé que no soy un experto en política, pero sé algo de la condición humana.

Porque no se trata de un miedo actual. Se trata del miedo al futuro.

Se trata de las cuentas que sacan cuando las cosas vuelven a dar otra vuelta de tuerca (cada vez menor simpatía internacional, cada vez menos apoyo interno, cada vez más expedientes a la espera de que se pongan a tiro, cada vez menos recursos, argumentos cada vez más gastados, la realidad cada vez más abrumadora). Es ese frío que recorre las vértebras del que se permite el ejercicio especulativo de verse despojado de toda la parafernalia detrás de la cual se ha sentido seguro. Es verse solo ante la ley, sin guardaespaldas ni impunidad garantizada, sin una llamada para dictar una orden, mover grupos de choque, tumbar una noticia incómoda o fabricar un expediente. Es que es tan sencillo resolver los vaporones haciendo un par de llamadas, y lo han hecho durante tanto tiempo, que no debe ser fácil vislumbrar esa mezcla de muchas víctimas exigiendo reparación, con una ausencia de la parafernalia bajo la cual se han sentido invencibles.

Como un director que tiene veinte años haciendo cine en Hollywood, que no sabría hacer una película indie.

Pero los que saben, insisten en que esa son pamplinadas de los que se quieren dar ánimos. Dicen que nadie con todas las armas, con todo el poder, con toda la capacidad de hacer daño, puede estar asustado. Que todo lo tienen bajo control. Que exhiben una sangre fría que ya quisiera Vito Corleone.

Sin embargo, tanta susceptibilidad, tanto ataque permanente, tanta demostración de fuerza, tanta necesidad de demostrar quién tiene el poder es, cuando menos, sospechoso. Nadie que tiene el control está buscando, a cada instante, terminar de darle un palazo a la lámpara.

Dos frases de J. M. Coetzee, de su libro de ensayos Contra la censura, me dicen que serenos, lo que se llama serenos, no parecen estar. “Que alguien que mantiene una posición se ofenda cuando se ve cuestionado es signo de la debilidad y no de la fortaleza de dicha posición”, es una; y la otra, una que advierte que “la paranoia es la patología de los regímenes inseguros y, en particular, de las dictaduras”.

Y, en última instancia, recurriendo nuevamente a una analogía con la vida cotidiana, ese numerito del marido ofendido, esa falsa altanería del que sabe que la autoridad moral está del lado del agraviado, se ha repetido tanto en la historia, que no hay manera de apelar a él sin que se noten las costuras.

 

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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