De cuando (no) comíamos Perrarina

De cuando (no) comíamos Perrarina

Elizabeth Loftus es una psicóloga estadounidense que ha dedicado décadas a estudiar cómo puede ser modificada la memoria humana. Según Loftus, ciertas técnicas pueden llevar a un individuo a “recordar” fantasías y hechos que nunca ocurrieron. “La memoria funciona como una página de Wikipedia. Puedes ir y cambiar tus recuerdos, pero también otras personas pueden hacerlo”, afirma, poniendo como ejemplo experimentos en los que se simula una colisión de vehículos en una calle cualquiera, y se le muestra a las personas que viven cerca fotos de la colisión, y un alto porcentaje “recuerda” incluso haber visto vidrios rotos en el sitio en que supuestamente ocurrió el hecho.

A eso lo llama falsa memoria, o falsos recuerdos.

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Yo nunca he tenido perros. Pero hay una escena que recuerdo con frecuencia en las casas de amigos y conocidos que sí tenían: la gente terminando de comer y dándole de lo que comieron a sus mascotas. Gente humilde que tenía en sus casas sus leales cacris, a los que tenían por puro cariño pero no porque pudiesen dedicarle una asignación presupuestaria a sus necesidades. Gente que jamás pisó una tiendas de mascotas. El plato era cualquier plato viejo de plástico. La comida, lo que hubiese. La mayor atención que tenían para con el animal, era comprarle huesos en la carnicería para que royeran.

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Los perros compartían ese “lo que haya” del día a día.

En ese mundo de gente que jamás pisó una tienda de mascotas, ¿cabía comprarle al animal un alimento específicamente diseñado para su alimentación? La respuesta es no. Los alimentos para mascotas siempre han sido caros. Eso lo sabe cualquiera que ha tenido perros.

¿De dónde saca entonces el gobierno esa campaña, que repiten sus feligreses, según la cual la gente antes comía Perrarina? Si los pobres no podían comprarla para sus mascotas, ¿la iban a comprar para ellos? En mis recuerdos de infancia, ni los pobres que tenían perros compraban Perrarina.

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En una ocasión, a raíz de un texto que escribí sobre las contradicciones de estos “paladines de los pobres”, que viven vidas de celebridades, con Rolex, Ipads y vehículos blindados, una de sus víctimas (más víctima que yo, que al menos tengo conciencia de ello), me espetó que por qué yo no escribía sobre los “millones de venezolanos asesinados por los gobiernos adecos”. Le comenté que no sabía que Stalin había sido adeco, dado que esa siniestra figura es de los pocos carniceros de la historia a los que se le podría adjudicar tal magnitud de crímenes. La doble víctima del chavismo reaccionó airadamente, diciéndome que me podía ahorrar la ironía (realmente uso términos más pedestres) e insistía en sus señalamientos.

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¿Mentía cínicamente este sujeto? La impresión que me produjo era que se trataba de una genuina indignación por mi falta de sensibilidad ante el monstruoso crimen. Es decir, la de un tipo que daba por descontado cosas que no pasaron, pero que de tanto escucharlas terminó, no sólo por creerlas, sino incluso por creer “recordarlas”.

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En la entrevista que hice a Eduardo Liendo, con miras a un perfil que preparé sobre su vida y obra, el autor rememoraba con admiración los enormes esfuerzos con los cuales sus padres, con el apoyo de su abuela, levantaron cinco muchachos en medio de sus dificultades económicas. “Yo no recuerdo haberme acostado nunca con hambre. Vivíamos en eso que llaman una pobreza decorosa”, comentó.

Ahí hay un punto digno de destacar. En un hogar consolidado, los niños pueden vivir privaciones, pero no necesariamente guardarán recuerdos amargos de la infancia. Quien recuerda una infancia miserable, y la recuerda con rabia, no recuerda tanto las miserias como la rabia. Una cosa son las privaciones (que toca a los adultos resolver) y otra la rabia. Mis hijos, por ejemplo, aún en medio de esta catástrofe con visos de infierno del período madurista, van a recordar una infancia feliz, aunque  el queso blanco duro haya sustituido hace tiempo al amarillo.

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El problema que tienen muchos voceros del chavismo, y muchos venezolanos de a pie, es una falla de origen. El que haya tenido un hogar disfuncional va a recordar un pasado terrible. De ahí que recuerde con amargura que de niño comía Perrarina, aún cuando fuese un lujo que no se hayan podido pagar.

Falsos recuerdos, como dice Loftus.

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Héctor Torres

Narrador y promotor literario. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de la novela La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2006-, del libro de crónicas Caracas muerde (PuntoCero, 2012) y de Objetos no declarados (PuntoCero 2014). Fundador y ex-editor del portal www.ficcionbreve.org.
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Roda Saab Ganam. Empresario parte del entramado de Samantha Gray.
Highfrancys Herrera. Empresaria parte del entramado de Smanatha Gray y Candidata a la Asamblea Nacional por el PSUV.
Mary Luz Gianetti. Empresaria parte del entramado de Samanta Gray.
Samantha GRay en la portada de la revista Caracas dónde confirmaba su relación con Graterón.

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